
Aunque con cuentagotas, la mujer poco a poco va haciéndose hueco en el mundo de la dirección cinematográfica, un mundo tradicionalmente de nombres masculinos, pero en el que ahora también van brillando con luz propia algunos nombres femeninos como Sofia Coppola, Icíar Bollaín o Isabel Coixet. Menos conocida todavía a nivel internacional es la japonesa Naomi Kawase, directora procedente del mundo del documental y cuya película "El bosque del luto", tras ser premiada en Cannes, se convirtió en su carta de presentación fuera de Japón.
La cinta narra la relación que se establece entre una de las trabajadoras de un asilo y uno de los ancianos. Ambos comparten el hecho de haber perdido un ser querido, algo que ninguno de los dos ha sido capaz de superar totalmente. En el cumpleaños del anciano, ella le regala un paseo en coche por el bosque, pero sufren una avería y el viejo decide adentrarse en el bosque, no quedándole a ella más remedio que acompañarle.
Esta película resulta espectacular desde el punto de vista visual, con una bien trabajada fotografía rodada cámara en mano, amparada en unos paisajes soberbios y llenos de colorido. Para apreciar en parte la magnitud de lo que digo, solo hay que mirar un poco más arriba y fijarse en el cartel de la película, que representa una de sus escenas más famosas. Pero más allá de su belleza pictórica, destaca la profundidad de la historia, llena de sentimiento, melancolía y lirismo. Una metáfora de la vida y la muerte, donde el bosque no solo representa el mundo exterior, sino sobre todo el mundo interior. Un viaje interior para los dos personajes, mientras se fragua una relación fortalecida por el dolor que sufren y que comparten. Narrada con enorme sencillez, el único punto en contra puede ser su lentitud, pero es algo tolerable al tratarse de una película de poco más de hora y media de metraje.
Un película muy recomendable para ver con calma y disfrutarla con toda la tranquilidad del mundo, dejando que despierten las emociones. A mí el verdor intenso y luminoso del bosque me despertó sobre todo un sentimiento: el de esperanza.
La cinta narra la relación que se establece entre una de las trabajadoras de un asilo y uno de los ancianos. Ambos comparten el hecho de haber perdido un ser querido, algo que ninguno de los dos ha sido capaz de superar totalmente. En el cumpleaños del anciano, ella le regala un paseo en coche por el bosque, pero sufren una avería y el viejo decide adentrarse en el bosque, no quedándole a ella más remedio que acompañarle.
Esta película resulta espectacular desde el punto de vista visual, con una bien trabajada fotografía rodada cámara en mano, amparada en unos paisajes soberbios y llenos de colorido. Para apreciar en parte la magnitud de lo que digo, solo hay que mirar un poco más arriba y fijarse en el cartel de la película, que representa una de sus escenas más famosas. Pero más allá de su belleza pictórica, destaca la profundidad de la historia, llena de sentimiento, melancolía y lirismo. Una metáfora de la vida y la muerte, donde el bosque no solo representa el mundo exterior, sino sobre todo el mundo interior. Un viaje interior para los dos personajes, mientras se fragua una relación fortalecida por el dolor que sufren y que comparten. Narrada con enorme sencillez, el único punto en contra puede ser su lentitud, pero es algo tolerable al tratarse de una película de poco más de hora y media de metraje.
Un película muy recomendable para ver con calma y disfrutarla con toda la tranquilidad del mundo, dejando que despierten las emociones. A mí el verdor intenso y luminoso del bosque me despertó sobre todo un sentimiento: el de esperanza.



















